sábado, 12 de septiembre de 2020

El auto

Él se encontraba solo, a la espera de que llegasen. En la vereda las ojas amarillas, verdes y rojas de los árboles lo acompañaban. El viento le hacía caricias. El sol le daba ese calor que le faltaba y que llegaría desde adentro cuando ella y él se encuentren. Ansiedad sentía, ya era la cuarta vez que iban a pasar un rato largo dentro de él. Los murmullos de sus voces lo llenaban de alegría. En ese momento, sintió que sus puertas se abrían... 

sábado, 29 de agosto de 2020

La plaza

La plaza era su lugar de encuentro. Era un día gris, un poco fresco. Estaba esperándolo en el banco mientras escuchaba música. El cuidador pasaba limpiando las ojas, una señora mayor barría la vereda, una pareja charlaba en un banco al otro lado de la plaza, una policía caminaba vigilando. Seguía esperando, todavía era temprano para que llegue. Estaba tranquila imaginando lo que haría al verlo. Él venía caminando. Un poco agobiado por el trabajo pero contento porque se iban a reencontrar. Miraba su celular, estaba en horario pero quería llegar lo antes posible para poder estar más tiempo con ella. Su paso era un tanto apurado pero tranquilo. Llegó a la última esquina pero se detuvo porque le sonaba el teléfono, no quería atender, ya faltaba muy poco. Luego de cortar dió vuelta a la esquina, no la vió, sólo a su auto. Escuchó su dulce voz, sus corazones latían unidos. Estaban juntos otra vez. 

miércoles, 12 de agosto de 2020

La luz del sol

Estaba sentada en el auto. La luz del sol atravesaba los árboles, los autos, las casas y las calles. Los rayos acariciaban sus labios e impedían que el frío del amanecer caiga sobre su piel. Sus ojos color miel le recordaban la tranquilidad de la vida. Entre fantasías y pensamientos su corazón latía confundido. Recordaba los besos, los abrazos y las charlas que habían tenido. Seguía confundida sin saber que estaba pasando. Ya el sol había sobrepasado los techos de las casas y alguien golpeó suavemente la ventanilla de su auto... 

domingo, 9 de agosto de 2020

La niebla

La niebla no les permitía verse. Se habían encontrado para ir a pescar como cada sábado a la tarde. Era una excusa para charlar, reírse, comer algo y tomarse unas cervezas. Ya se va a ir cuando el sol empiece a calentar, le dijo, pero tenía dudas. Sacaron algo, les preguntó alguien, no, hasta ahora nada. Se escuchaba el sonido del río bailando con las piedras bajo sus pies. Tenía razón, de a poco la niebla se iba disipando por el calor del sol. Ya se podían ver las caras y las cañas, inmóviles siempre fieles a su lado. La tarde pasaba y aún no pescaban nada, seguían charlando uno al lado del otro, hablaban de política, del virus y de sus vidas. La niebla ya se había ido, el río, majestuoso e infinito brillaba con el sol. El muelle de cemento les daba una tranquilidad necesaria. No estaban solos pero ellos no se daban cuenta, seguían sentados en sus reposeras acompañandose. Y así, se terminaba el día y cada uno volvía a su casa para reencontrarse nuevamente en el muelle dentro de una semana. 

domingo, 2 de agosto de 2020

Un domingo

La hamaca se mecía mientras descansaba. El sonido de una canción le permitía viajar hacia ese lugar. La temperatura del ambiente era perfecta, no sentía calor ni frío. No quería leer un libro pero si imaginarse en ese lugar leyéndolo. Necesitaba esos instantes de soledad. La hamaca se mecía y la canción se terminaba. Esos instantes no volverían pero los había disfrutado. 

domingo, 26 de julio de 2020

El semáforo

El semáforo se puso en rojo. El mundo se detuvo en esos 44 segundos. El sol latía anaranjado opacado por el atardecer. Sus rayos amarillos, ocres y violetas se mezclaban con el cielo celeste y azul y las nubes blancas, grises y negras. La música le permitía apaciguar su mente. Sus ojos color miel capturaron el momento y lo guardaron como un recuerdo más. Era feliz. El semáforo se puso verde, arrancó y siguió su camino.

sábado, 18 de julio de 2020

El túnel

El túnel parecía interminable. Hacía horas que estaban caminando y lo único que podían ver era más oscuridad. ¿Cuánto falta? No se.
Si bien la oscuridad los agotaba, también les traía paz y les permitía experimentar con mayor profundidad sus otros sentidos. El aroma que se respiraba era suavemente dulce como en los momentos previos a una lluvia de primavera. Los sonidos del agua goteando en diferentes partes del túnel armonizaban sus oídos.
El cansancio les impedía seguir avanzando. Se sentaron, tomaron agua y  descansaron un rato. Cuando retomaron fuerzas, se pararon, se agarraron bien fuerte de la mano, cerraron los ojos y empezaron a correr. Entre risas, desesperanza y tropiezos juntos llegaron hasta el final y pudieron abrir los ojos. Mientras terminaba el relato le dijo, siempre hay una luz al final, el problema es que la queremos ver antes de llegar. Levantó la mirada pero ya se había dormido. La tapó para que no tuviera frío. Le dio un beso en la frente y dejó encendida la tenue luz que se posaba sobre el cajón de juguetes.

sábado, 11 de julio de 2020

Ahí dentro

Y seguían ahí adentro. Nadie los ayudaba, pero tampoco los podían ver. ¿Como habrían llegado a esa situación? Sus vidas eran muy diferentes, así terminó el relato. La libertad no existe, dijo, no pueden hacer lo que quieren hacer. 
Pero eso no es la libertad, ella le respondió, la libertad es ser feliz. 
Pero para ser feliz tengo que ser libre. 
La felicidad en sí te da libertad. Piensen en los momentos de mayor felicidad, ¿se sentieron libres?
Entonces, ¿alguno de nosotros o alguna de nosotras puede asegurar que la libertad existe? Preguntó él.
Entonces, ¿alguno de nosotros o alguna de nosotras puede asegurar que la libertad no existe? Preguntó ella.
Él, se acomodó los anteojos, se levantó, los miró a los ojos y salió caminando por la puerta. Ella, se puso la campera de jean, se levantó, sonrió, los miró a los ojos y salió caminando por la puerta. Varios minutos después, sonó la campana, nadie se levantó. El aula quedó vacía y había una palabra escrita en el pizarrón, felicidad. 

sábado, 4 de julio de 2020

La gruta de la eternidad

La gruta de la eternidad, la llamaban quienes vivían en el pueblo. Ellos estaban de vacaciones. Llevaban sus mochilas, bolsas de dormir y carpas. Ya venían recorriendo muchos lugares. Habían llegado a la base del Aconcagua y desde ahí subieron por la ruta 40 hasta llegar a este pueblo. Allí vivían unas 500 personas, en su mayoría viejos y viejas que habían nacido ahí. Sus hijos, hijas, nietos y nietas se habían ido a la capital de la provincia estudiar y a trabajar. Venían algún fin de semana largo y algunas vacaciones. Se habían conocido durante el viaje. Fue una de esas noches mágicas sin luna, llenas de estrellas y en donde se escuchaba el fuego de la fogata y la naturaleza. Esa noche, consiguieron tres habitaciones que les alquilaba una señora del pueblo. Al día siguiente, partieron para la gruta. Fueron caminando, era un tanto lejos, pero el clima les permitía el ejercicio, iban hablando y tomando mate. Llevaron comida y algunas cosas para poder pasar la noche. El resto de sus cosas las dejaron en la casa de la señora. Al día siguiente, guardaron su ropa, sus cacerolas, sus bolsas de dormir y sus carpas. Cada uno de ellos y cada una de ellas, volvieron por su cuenta su respectiva casa. Muchos años después la gruta fue clausurada. Quienes habían visitado la gruta, no habían querido volver. Encontrarse con uno mismo no siempre es fácil.

martes, 23 de junio de 2020

¿Qué me dirías si te dijera...?

¿Qué me dirías si te dijera que ya no podemos abrazar y besar a nuestros seres queridos?
¿Qué me dirías si te dijera que ya no podemos abrazar y besar a nuestra familia?
¿Qué me dirías si te dijera que ya no podemos abrazar y besar a nuestros amigos y amigas?
¿Qué me dirías si te dijera que ya no podemos abrazar y besar a nuestros compañeros y compañeras de trabajo?
¿Qué me dirías si te dijera que cuando entra un paciente al consultorio no le puedo dar la mano o consolarlo?
¿Qué me dirías si te dijera que ya no nos podemos juntar a comer un asado? 
¿Qué me dirías si te dijera que ya no nos podemos juntar a tomar una cerveza? 
¿Qué me dirías si te dijera que ya no nos podemos juntar a hablar y reírnos como lo hacíamos siempre?
¿Qué me dirías si te dijera que ya no podemos ver la sonrisa de la gente por la calle? 
¿Qué me dirías si te dijera...?
No sé que me dirías si yo te dijera todo lo que te dije, o sí, no lo sé. 
Lo único que sé es lo que aprendí de vos. 
Aprendí que para ser valiente hay que aprender a llorar.
Aprendí que para ser valiente hay que aprender a extrañar.
Aprendí que para ser valiente hay que aprender a decir te quiero.
Aprendí que para ser valiente hay que aprender a abrazar a las personas por más que piensen diferente.
Aprendí que para consolar no se necesita estar cerca.
Aprendí que para abrazar no se necesitan los brazos.
Aprendí que para besar no se necesitan los labios.
Aprendí que lo más importante es luchar con el corazón por lo que un cree.

Dedicado a mi tío Adrián y a mi amigo Andy quienes siempre estarán en mi corazón.

sábado, 20 de junio de 2020

El destino

Quizás el destino sea una mentira, dice una canción. Pero ellos, de casualidad, se encontraron 10 años después en ese lugar, donde se habían conocido. Él, recorria esa parte de la rambla cada vez que podía, cuando viajaba. Ella miraba desde la ventana todos los días, cuando viajaba. Muchas cosas habían cambiado, las baldosas que pisaban ya no eran las mismas, la plaza tenía una reja que la rodeaba, los negocios que ellos conocían habían cerrado y en su lugar estaban las cadenas de comidas rápidas y supermercados. También ellos habían cambiado, su color de pelo, algunas arrugas demás, su estilo para vestirse, pero su sonrisa y su mirada seguían ahí. Se quedaron mirando al mar, con ese sonido relajante que los obligaba a despegarse de la realidad. No se hablaron, quizás si, no lo sé con certeza, pero no eran necesarias las palabras. Unas lágrimas de felicidad recorrieron sus mejillas. Se tomaron de la mano y caminaron juntos nuevamente por la rambla. Quizás el destino sea una mentira, dice una canción. 

sábado, 13 de junio de 2020

La isla

Llegar hasta ahí fue agobiante. Tardaron horas en una camioneta que los sofocada. Llevaban la mitad de su equipaje. Sabían que no podían llevar más. Llegaron a la entrada de la reserva y aún faltaba una hora más de viaje por la selva. Ya no sabían de qué hablar, no podían dormir porque era muy incómoda. Al frenar la camioneta, se bajaron, le agradecieron a la chófer y se acercaron al muelle. Había mucha gente esperando. Finalmente, les tocó subirse al barco que no los llevaría aún a su destino. Los dejaría en otro puerto en medio del mar para que los pase a buscar una lancha. Las casas estaban hechas de madera y parecía que flotaban sobre el agua transparente. Dormían en hamacas paraguayas, así les decimos nosotros al menos. Era una comunidad originaria descendiente de los mayas, vivían de la pesca y el turismo. Luego de otra media hora en lancha llegaron a la isla. Los acompañaron hasta la choza en donde se hospedarían por el fin de semana. Tenían un generador eléctrico que lo apagaban a las 10 en punto, justo después de la cena. En la isla estaban ellos dos solos y la familia que se encargaba de brindarles los servicios. A la mañana los venían a buscar en la lancha y los llevavaban a recorrer las diferentes islas. Era un paraíso. Agua transparente y caliente, peces de colores por todos lados. Los llevaron a una isla hundida en donde parecía que se encontraban parados sobre el mar. Valió la pena el viaje, ¿no?, le dijo. ¿Qué viaje? Ella respondió. Hasta acá, todo el viaje que hicimos. Ella lo miró desconcertada, pero le sonrió, le dió un beso y le dijo te amo. Cerraron los ojos y se fueron a dormir. 

martes, 9 de junio de 2020

El duende

Hay un duende que vive en el pueblo. Eso decían. Donde fueran él preguntaba. Siempre le daban la misma respuesta. Hay un duende que vive en el pueblo, aparece al atardecer y te concede un regalo. Algunos decían que lo habían conocido, otros decían que era una mentira para atraer a los turistas. Ella era escéptica, pero le atraía la idea de encontrarlo. Él sentía que podía existir pero no se animaba a decírselo. Esa era su última noche. Decidieron ir a comer en la orilla del lago. Estaba bajando el sol y, al pasar por un almacén, entraron a comprar algunas cosas para armar una picada. Ella agarró el queso y las aceitunas, él unas cervezas y unas papas fritas. Decidieron preguntarle si sabía algo del duende. El dueño era una anciano muy particular. No es tan fácil, les dijo, para ver el camino que lleva hasta la casa del duende tienen que apuntar con este caleidoscopio hacia la cumbre de la montaña en el momento que la luna llena se pose sobre ella. Pagaron, se llevaron el queso, las aceitunas, las papas fritas, las cervezas y el caleidoscopio. La luna llena se reflejaba en el lago. Ella preparó el mantel mientras él abría la cerveza y cortaba el queso. Era una noche muy tranquila, casi no se escuchaba el agua del lago llegando a la orilla. Se quedaron charlando toda la noche. Al día siguiente, se depertaron por el sonido de los pájaros. Se habían quedado dormidos. Ella estaba decepcionada, él estaba triste, él micro salía a las 2 y no habían podido ver al duende. Fueron hasta el almacén del anciano a devolverle el caleidoscopio. Llegaron hasta el frente del almacén. Había un cartel en la puerta que decía... Abierto al atardecer de las noches de luna llena. 

martes, 2 de junio de 2020

El paseo

Se fueron caminando hasta la orilla. Era un día cálido pero no hacía calor, la brisa de primavera acariciaba sus rostros. Los árboles y las flores pintaban un paisaje hermoso. Hablaban sobre su pasado, los recuerdos iban y venían. Las noches que salían a bailar con sus amigos y amigas y bailaban lentos en los boliches de la costa. Las anécdotas de sus viajes, como cuando tardó 24 horas en volver de Mar del Plata. Sus  amores y sus desamores. También, recordaban sus tristezas, el dolor de extrañar a quienes se habían ido. El futuro no era importante pero sus aspiraciones ya las conocían. Cuando llegaron a la costanera, no había nadie. Se sentaron a escuchar el sonido del agua que fluía lentamente ante sus ojos. El silencio los abrazaba y contenía. Era una pausa en sus vidas y en sus recuerdos. Al día siguiente, él, se levantó, desayunó y se fue a trabajar. Lo primero que hizo fue contarle de su sueño. En ese momento, ella se dió cuenta que habían tenido el mismo sueño.

viernes, 29 de mayo de 2020

La escollera

Se fue caminando por la escollera. Se sentó a mirar como las olas rompían contra las rocas. El sonido la ayudaba a recordar. Sentía el calor del sol en su cara. Ese calor necesario para refrescar su alma. Lo extrañaba. Hace unos días, se habían encontrado en ese lugar. A él no le gustaban los animales pero su perro era demasiado cariñoso. Demasiado tiene que esperar para que se vuelvan a encontrar. Esas lágrimas entre enojo, felicidad y tristeza se agotaban rápidamente con los rayos del sol. Todos los días salía de trabajar y se iba caminando hasta el final de la escollera hasta que se ponía el sol. Miraba  a lo lejos y recorría su mente en busca de él. A veces lo encontraba, otras no podía. Pasaron los días pero ella ya no iba caminando hasta el final de la escollera. Muchos años después, él volvió a la escollera. Fue caminando hasta donde termina y se sentó a mirar como las olas rompían contra las rocas. No le gustaba el sol en su cara por eso iba luego del atardecer. La extrañaba. Demasiado tiene que esperar para que se vuelvan a encontrar. Sus recuerdos lo traicionaban, ya no la podía recordar. Sintió que alguien le apoyaba la mano en su hombro, se dió vuelta y la vió una vez más antes de irse.

sábado, 23 de mayo de 2020

La luna

Estaba recostado mirando el cielo. Era de noche. La luna y las estrellas decoraban el ambiente. El sonido del agua del río les llenaba los oídos. A su lado, también disfrutaba el momento. Las piedras la incomodaban pero la paz que sentía era más importante. Decidieron ir a caminar. Hacía frío. Charlaban sobre lo que habían vivido ese día. Él lo recordaba de una manera muy distinta a ella. El sentimiento era parecido pero sus mentes los dividían. Llegaron hasta el puente de piedras. Cruzarlo no fue difícil. Se abrazaron, se recostaron sobre las piedras y mirando al cielo todo volvió a empezar. 

jueves, 21 de mayo de 2020

El último encuentro

Se encontraron en el último tablón del muelle como todos los años. Siempre a la misma hora. El sonido de las olas chocando entre sí, y contra el muelle, les permitía rememorar esos momentos de paz. Había apoyado la mano sobre la baranda de madera al igual que ella. Ese aroma era inconfundible, una mezcla de sentimientos y frescura. No hacía frío. Mientras hablaban, el sol se iba escondiendo detrás del manto azul y blanco. Sabían que en un rato se tenían que ir, aunque no querían. La ansiedad recorría sus cuerpos. Esa caricia imperceptible era lo que detenía el tiempo. Se miraron, sonrieron y se fueron caminando por el muelle de madera.

lunes, 18 de mayo de 2020

Un pedacito del planeta que no pudieron

¿Y cuál es tu pedacito del planeta que no pudieron? Le preguntaba mientras tomaban una cerveza. No lo sé. Respondía afligido. Escuchaban la canción y la cantaban hasta quedar sin aire. Saltaban, y volvían a tomar un trago de esa cerveza helada. Descalzos sentían como la arena se pegaba en sus pies. Descalzas sentían el agua como acariciaba su piel. El calor deshidrataba sus pensamientos. Paraban, descansaban y nuevamente enfriaban sus gargantas con un trago de cerveza bien helada. Y volvían a bailar y cantar, cerraban sus ojos, y desafinaban la letra equivocandose en la mayoría de las estrofas. Las canciones fueron terminando al igual que la cerveza. Se agarraron de la mano y se fueron caminando por la playa. ¿Y cuál es tu pedacito del planeta que no pudieron? Le volvió a preguntar. Suspiró, tomó el último sorbo de la cerveza que le quedaba y dijo... 

viernes, 15 de mayo de 2020

La ventana

La ventana estaba cerrada. Desde hace unos días, cuando llegaba a su casa, la veía así. El viaje era largo y solitario, escuchaba la radio y, quizás, hablaba por teléfono o leía un mensaje. El trabajo era agotador pero le gustaba. Disfrutaba de sus compañeros, podía reírse de vez en cuando. El otoño yacía sobre las veredas, impregnadas de aromas que recorrían su piel. Hacía unos meses, cuando llegaba, la encontraba abierta. Podía imaginar lo que pasaba, los cumpleaños, las comidas, las risas, las peleas y los llantos. Cada vez que llegaba miraba a través de esa ventana, era su momento y de nadie más. Pero ahora estaba cerrada. Se preguntaba que es lo que había pasado. ¿Se habrían acabado los cumpleaños, las comidas, las risas, las peleas y los llantos? No importaba. La abría, y disfrutaba de ese momento, era suyo y de nadie más. 

domingo, 10 de mayo de 2020

Deja vu

Ella se encontraba sentada mirando por la ventana. No estaba sola. Veía como las hojas de los árboles caían coloreando la vereda. Ellos pasaban con la boca tapada. Hablando, riendo, llorando. Quería salir pero no podía.
Ella se encontraba parada mirando por la ventana. Estaba sola. Los árboles no tenían hojas y las veredas estaban vacías. Ellos pasaban con la boca tapada. Hablando, riendo, llorando. Quería salir pero no podía. 
Ella se encontraba recostada en el sillón. Estaba acompañada. Veía como la brisa movía la copa de los árboles llenos de hojas y las veredas ya tenían flores. Ellos pasaban con la boca tapada. Hablando, riendo, llorando. Se cubrió la boca y salió. 

martes, 5 de mayo de 2020

Las olas

Era una noche hermosa en la playa. El mar estaba tan calmo que casi no se escuchaba. La luna estaba apagada y las estrellas iluminaban las pocas olas que había. Él venía caminando mirando la arena. Tenía puesta una malla y una remera de manga corta que le gustaba usar. Cantaba una canción pero no recordaba toda la letra. Añoraba otros momentos de su pasado. Estaban juntos y se divertían. Comían en la playa bajo el manto de estrellas. Hablaban por horas sobre los secretos del universo. Se necesitaban. Una ola mojó sus pies, el agua estaba fría. Levantó la vista y pudo ver que allí se encontraba. Sonrió casi lloró. Se acercaba con cada paso. Le transpiraban las manos. Una ola le mojó los pies, el agua estaba fría. 

sábado, 2 de mayo de 2020

Carla

Esta en la heladera. ¿Cómo que esta en la heladera? Si, ahí lo puse. Pero... No sabíamos que decirle. La conocíamos hace varios años. Cada tanto venía a vernos. Siempre cuando ella quería. Venía a último momento, un rato antes de que nos vayamos. Nos contaba historias increíbles, o así nos parecían, irreales... Sacalo de ahí. No sabía dónde ponerlo. Estaban ellos en casa, no quería tirarlo. De nuevo nos dejó sin palabras. Ella estalló en llanto. Decidimos acompañarla hasta la casa. Era otoño, las hojas de los árboles yacían en el suelo de las calles de tierra. Llovía, no muy fuerte. No teníamos paraguas, no importaba. Íbamos los tres caminando. Llegamos hasta su casa, estaba todo desordenado, llegamos a la cocina. Y ahora, que van a hacer, nos preguntó. No sabíamos que decirle. Ella estaba aliviada. Nos fuimos caminando hasta la avenida sin decir nada. Dejó de llover y nos separamos cada uno por su lado. Ella, estaba feliz. 

viernes, 1 de mayo de 2020

El amanecer

Estábamos mirando el amanecer desde el estacionamiento. Nosotros tres y Lara. Alex estaba en el volante, yo estaba en el asiento del acompañante, Saso y Lara en el asiento de atrás. Saso salió del auto, se sacó las zapatillas y las medias y se fue caminando hasta la orilla. Era una madrugada de verano, soplaba una suave brisa como las que tiene habitualmente Mar del Plata. El mar estaba demasiado tranquilo. El cielo totalmente despejado. Todavía se podían ver las estrellas aunque desaparecían lentamente ocultas por una tenue luz naranja. Nosotros tres nos estábamos quedando en el departamento de los padres de alex en Punta Mogotes. A Lara, la conocía desde primer grado. A ella le gustaba decir que era con el primer hombre que había dormido, era verdad, claro, en primer o segundo grado eramos muy amigos y varias veces nos quedábamos a dormir juntos. Después de la primaria nos alejamos un poco porque yo cambié de colegio. Nos reencontramos ese verano, aunque no me acuerdo como. Habíamos ido a bailar a las playas del sur y, como hacíamos casi todas las noches, nos íbamos a ver el amanecer en el auto a la playa. Lara estaba ansiosa y dudaba, ¿qué hago? y ¿si se enoja? Alex me mira extrañado. Yo la miré, ella me había entendido. Se bajó del auto, se sacó las zapatillas y se fue caminando por la playa hasta la orilla. El sol ya había salido.

lunes, 27 de abril de 2020

No hay nada más difícil que vivir sin tí...

Todas las noches lo veíamos llegar, siempre ponía la misma canción, cantaba y lloraba: "no hay nada más difícil que vivir sin tí...". Era la primera vez que escuchaba esa canción. Creo que desde el primer día fuimos a comer a ahí todas las noches, o casi todas. La comida era simple, barata y rica. Nuestro país, pasaba por una de las peores crisis de su historia, nos decían: "no gasten los dólares...", cambiabamos de presidente como de ropa. Nosotros nos fuimos en medio del conflicto, no se podía transitar. Todas las noches ibamos a comer ahí a las ocho, perdón, casi todas. Él llegaba siempre a la misma hora, ocho y media, nos enteramos, el último día que era chofer de un camión, o eso imaginamos. Se sentaba en la barra, pedía una cerveza, una torta de jamón y ponía siempre la misma canción; y cantaba gritando y llorando "no hay nada más difícil que vivir sin tí...", eran 4 minutos de melodía y llanto, terminaba su cerveza y se iba por el callejón. Aún hoy, después de tantos años, cada vez que escucho esa canción, algunas veces lloro con él, otras me río, pero siempre la disfruto, me recuerda a él, sentado en la barra, con una cerveza en la mano y cantando: "no hay nada más difícil que vivir sin tí..." y llorando. Cada vez que la escucho me pregunto: ¿si no se hubiera ido sería más feliz?

sábado, 25 de abril de 2020

La encrucijada

Nuevamente se encontraron fugazmente. Cruzaron la calle pero no se miraron. Estaba pensando en lo que tenía que comprar. La tela le cubría la boca. No le incomodaba, ya estaba acostumbrado. En cambio, su mente navegaba por ciertos recuerdos de felicidad. Iba caminando sobre las hojas que cubrían la vereda con sus colores. Pensaba en lo que tenía que hacer al llegar a su casa. Un pañuelo le cubría la boca, le daba calor pero estaba acostumbrada. Recordaba los abrazos, los extrañaba. Estaba de espaldas en el comedor mirando por la ventana, pensaba cuando va a terminar, cuando se encontrarían nuevamente.  Era una casa antigua con ventanas grandes con un pequeño parque. El tiempo pasó y respiraban al unísono. Se conocían pero no se miraron. Quizás por miedo, quizás por cierto grado de timidez. Bajo la tela sonrieron, pudieron mirarse y encontrarse, aunque no abrazarse, no importaba, se encontraron y sonrieron una vez más.

lunes, 20 de abril de 2020

La calle vacía

La calle estaba vacía. lgo de música a lo lejos. No se escuchan los ruidos de la pelota de fútbol contra el portón. No se escuchan las risas de ellxs jugando en las veredas. Pasa una mujer con su perro por la calle, todos los días, casi a la misma hora, él casi no puede caminar pero la acompaña fielmente 3 veces por día. A veces la acompaña otra mujer, muy parecida a ella con su perro, más joven. Siempre con el barbijo puesto. A veces sale un hombre a fumar por un rato, sin barbijo. Ya casi no nos vemos las caras y poco nos saludamos. Alguien llora a lo lejos, alguien ríe a lo lejos. Disfrutaremos más de lo que no tenemos?

La misma calle. Sigue vacía. Hoy no se escucha música a lo lejos. La pelota de fútbol sigue escondida atrás del sillón. Se escuchan las risas de ellxs jugando pero aún no en las veredas. Pasa la misma mujer con su perro por la calle, a la misma hora, él casi no puede caminar pero la acompaña fielmente. Más temprano, salieron juntas, pero por la tarde estaba sola, como siempre con la sonrisa tapada. El hombre sale a fumar por un rato y sonríe. Asumimos los gestos debajo de la tela que nos cubre, la sonrisa la desborda y el beso vuela para acaricirla. Hoy no hay llantos, solo risas. Quizás el tiempo nos permita recordarnos más juntos que aislados