martes, 23 de junio de 2020

¿Qué me dirías si te dijera...?

¿Qué me dirías si te dijera que ya no podemos abrazar y besar a nuestros seres queridos?
¿Qué me dirías si te dijera que ya no podemos abrazar y besar a nuestra familia?
¿Qué me dirías si te dijera que ya no podemos abrazar y besar a nuestros amigos y amigas?
¿Qué me dirías si te dijera que ya no podemos abrazar y besar a nuestros compañeros y compañeras de trabajo?
¿Qué me dirías si te dijera que cuando entra un paciente al consultorio no le puedo dar la mano o consolarlo?
¿Qué me dirías si te dijera que ya no nos podemos juntar a comer un asado? 
¿Qué me dirías si te dijera que ya no nos podemos juntar a tomar una cerveza? 
¿Qué me dirías si te dijera que ya no nos podemos juntar a hablar y reírnos como lo hacíamos siempre?
¿Qué me dirías si te dijera que ya no podemos ver la sonrisa de la gente por la calle? 
¿Qué me dirías si te dijera...?
No sé que me dirías si yo te dijera todo lo que te dije, o sí, no lo sé. 
Lo único que sé es lo que aprendí de vos. 
Aprendí que para ser valiente hay que aprender a llorar.
Aprendí que para ser valiente hay que aprender a extrañar.
Aprendí que para ser valiente hay que aprender a decir te quiero.
Aprendí que para ser valiente hay que aprender a abrazar a las personas por más que piensen diferente.
Aprendí que para consolar no se necesita estar cerca.
Aprendí que para abrazar no se necesitan los brazos.
Aprendí que para besar no se necesitan los labios.
Aprendí que lo más importante es luchar con el corazón por lo que un cree.

Dedicado a mi tío Adrián y a mi amigo Andy quienes siempre estarán en mi corazón.

sábado, 20 de junio de 2020

El destino

Quizás el destino sea una mentira, dice una canción. Pero ellos, de casualidad, se encontraron 10 años después en ese lugar, donde se habían conocido. Él, recorria esa parte de la rambla cada vez que podía, cuando viajaba. Ella miraba desde la ventana todos los días, cuando viajaba. Muchas cosas habían cambiado, las baldosas que pisaban ya no eran las mismas, la plaza tenía una reja que la rodeaba, los negocios que ellos conocían habían cerrado y en su lugar estaban las cadenas de comidas rápidas y supermercados. También ellos habían cambiado, su color de pelo, algunas arrugas demás, su estilo para vestirse, pero su sonrisa y su mirada seguían ahí. Se quedaron mirando al mar, con ese sonido relajante que los obligaba a despegarse de la realidad. No se hablaron, quizás si, no lo sé con certeza, pero no eran necesarias las palabras. Unas lágrimas de felicidad recorrieron sus mejillas. Se tomaron de la mano y caminaron juntos nuevamente por la rambla. Quizás el destino sea una mentira, dice una canción. 

sábado, 13 de junio de 2020

La isla

Llegar hasta ahí fue agobiante. Tardaron horas en una camioneta que los sofocada. Llevaban la mitad de su equipaje. Sabían que no podían llevar más. Llegaron a la entrada de la reserva y aún faltaba una hora más de viaje por la selva. Ya no sabían de qué hablar, no podían dormir porque era muy incómoda. Al frenar la camioneta, se bajaron, le agradecieron a la chófer y se acercaron al muelle. Había mucha gente esperando. Finalmente, les tocó subirse al barco que no los llevaría aún a su destino. Los dejaría en otro puerto en medio del mar para que los pase a buscar una lancha. Las casas estaban hechas de madera y parecía que flotaban sobre el agua transparente. Dormían en hamacas paraguayas, así les decimos nosotros al menos. Era una comunidad originaria descendiente de los mayas, vivían de la pesca y el turismo. Luego de otra media hora en lancha llegaron a la isla. Los acompañaron hasta la choza en donde se hospedarían por el fin de semana. Tenían un generador eléctrico que lo apagaban a las 10 en punto, justo después de la cena. En la isla estaban ellos dos solos y la familia que se encargaba de brindarles los servicios. A la mañana los venían a buscar en la lancha y los llevavaban a recorrer las diferentes islas. Era un paraíso. Agua transparente y caliente, peces de colores por todos lados. Los llevaron a una isla hundida en donde parecía que se encontraban parados sobre el mar. Valió la pena el viaje, ¿no?, le dijo. ¿Qué viaje? Ella respondió. Hasta acá, todo el viaje que hicimos. Ella lo miró desconcertada, pero le sonrió, le dió un beso y le dijo te amo. Cerraron los ojos y se fueron a dormir. 

martes, 9 de junio de 2020

El duende

Hay un duende que vive en el pueblo. Eso decían. Donde fueran él preguntaba. Siempre le daban la misma respuesta. Hay un duende que vive en el pueblo, aparece al atardecer y te concede un regalo. Algunos decían que lo habían conocido, otros decían que era una mentira para atraer a los turistas. Ella era escéptica, pero le atraía la idea de encontrarlo. Él sentía que podía existir pero no se animaba a decírselo. Esa era su última noche. Decidieron ir a comer en la orilla del lago. Estaba bajando el sol y, al pasar por un almacén, entraron a comprar algunas cosas para armar una picada. Ella agarró el queso y las aceitunas, él unas cervezas y unas papas fritas. Decidieron preguntarle si sabía algo del duende. El dueño era una anciano muy particular. No es tan fácil, les dijo, para ver el camino que lleva hasta la casa del duende tienen que apuntar con este caleidoscopio hacia la cumbre de la montaña en el momento que la luna llena se pose sobre ella. Pagaron, se llevaron el queso, las aceitunas, las papas fritas, las cervezas y el caleidoscopio. La luna llena se reflejaba en el lago. Ella preparó el mantel mientras él abría la cerveza y cortaba el queso. Era una noche muy tranquila, casi no se escuchaba el agua del lago llegando a la orilla. Se quedaron charlando toda la noche. Al día siguiente, se depertaron por el sonido de los pájaros. Se habían quedado dormidos. Ella estaba decepcionada, él estaba triste, él micro salía a las 2 y no habían podido ver al duende. Fueron hasta el almacén del anciano a devolverle el caleidoscopio. Llegaron hasta el frente del almacén. Había un cartel en la puerta que decía... Abierto al atardecer de las noches de luna llena. 

martes, 2 de junio de 2020

El paseo

Se fueron caminando hasta la orilla. Era un día cálido pero no hacía calor, la brisa de primavera acariciaba sus rostros. Los árboles y las flores pintaban un paisaje hermoso. Hablaban sobre su pasado, los recuerdos iban y venían. Las noches que salían a bailar con sus amigos y amigas y bailaban lentos en los boliches de la costa. Las anécdotas de sus viajes, como cuando tardó 24 horas en volver de Mar del Plata. Sus  amores y sus desamores. También, recordaban sus tristezas, el dolor de extrañar a quienes se habían ido. El futuro no era importante pero sus aspiraciones ya las conocían. Cuando llegaron a la costanera, no había nadie. Se sentaron a escuchar el sonido del agua que fluía lentamente ante sus ojos. El silencio los abrazaba y contenía. Era una pausa en sus vidas y en sus recuerdos. Al día siguiente, él, se levantó, desayunó y se fue a trabajar. Lo primero que hizo fue contarle de su sueño. En ese momento, ella se dió cuenta que habían tenido el mismo sueño.