Hay un duende que vive en el pueblo. Eso decían. Donde fueran él preguntaba. Siempre le daban la misma respuesta. Hay un duende que vive en el pueblo, aparece al atardecer y te concede un regalo. Algunos decían que lo habían conocido, otros decían que era una mentira para atraer a los turistas. Ella era escéptica, pero le atraía la idea de encontrarlo. Él sentía que podía existir pero no se animaba a decírselo. Esa era su última noche. Decidieron ir a comer en la orilla del lago. Estaba bajando el sol y, al pasar por un almacén, entraron a comprar algunas cosas para armar una picada. Ella agarró el queso y las aceitunas, él unas cervezas y unas papas fritas. Decidieron preguntarle si sabía algo del duende. El dueño era una anciano muy particular. No es tan fácil, les dijo, para ver el camino que lleva hasta la casa del duende tienen que apuntar con este caleidoscopio hacia la cumbre de la montaña en el momento que la luna llena se pose sobre ella. Pagaron, se llevaron el queso, las aceitunas, las papas fritas, las cervezas y el caleidoscopio. La luna llena se reflejaba en el lago. Ella preparó el mantel mientras él abría la cerveza y cortaba el queso. Era una noche muy tranquila, casi no se escuchaba el agua del lago llegando a la orilla. Se quedaron charlando toda la noche. Al día siguiente, se depertaron por el sonido de los pájaros. Se habían quedado dormidos. Ella estaba decepcionada, él estaba triste, él micro salía a las 2 y no habían podido ver al duende. Fueron hasta el almacén del anciano a devolverle el caleidoscopio. Llegaron hasta el frente del almacén. Había un cartel en la puerta que decía... Abierto al atardecer de las noches de luna llena.
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