El semáforo se puso en rojo. El mundo se detuvo en esos 44 segundos. El sol latía anaranjado opacado por el atardecer. Sus rayos amarillos, ocres y violetas se mezclaban con el cielo celeste y azul y las nubes blancas, grises y negras. La música le permitía apaciguar su mente. Sus ojos color miel capturaron el momento y lo guardaron como un recuerdo más. Era feliz. El semáforo se puso verde, arrancó y siguió su camino.
domingo, 26 de julio de 2020
sábado, 18 de julio de 2020
El túnel
El túnel parecía interminable. Hacía horas que estaban caminando y lo único que podían ver era más oscuridad. ¿Cuánto falta? No se.
Si bien la oscuridad los agotaba, también les traía paz y les permitía experimentar con mayor profundidad sus otros sentidos. El aroma que se respiraba era suavemente dulce como en los momentos previos a una lluvia de primavera. Los sonidos del agua goteando en diferentes partes del túnel armonizaban sus oídos.
El cansancio les impedía seguir avanzando. Se sentaron, tomaron agua y descansaron un rato. Cuando retomaron fuerzas, se pararon, se agarraron bien fuerte de la mano, cerraron los ojos y empezaron a correr. Entre risas, desesperanza y tropiezos juntos llegaron hasta el final y pudieron abrir los ojos. Mientras terminaba el relato le dijo, siempre hay una luz al final, el problema es que la queremos ver antes de llegar. Levantó la mirada pero ya se había dormido. La tapó para que no tuviera frío. Le dio un beso en la frente y dejó encendida la tenue luz que se posaba sobre el cajón de juguetes.
sábado, 11 de julio de 2020
Ahí dentro
Y seguían ahí adentro. Nadie los ayudaba, pero tampoco los podían ver. ¿Como habrían llegado a esa situación? Sus vidas eran muy diferentes, así terminó el relato. La libertad no existe, dijo, no pueden hacer lo que quieren hacer.
Pero eso no es la libertad, ella le respondió, la libertad es ser feliz.
Pero para ser feliz tengo que ser libre.
La felicidad en sí te da libertad. Piensen en los momentos de mayor felicidad, ¿se sentieron libres?
Entonces, ¿alguno de nosotros o alguna de nosotras puede asegurar que la libertad existe? Preguntó él.
Entonces, ¿alguno de nosotros o alguna de nosotras puede asegurar que la libertad no existe? Preguntó ella.
Él, se acomodó los anteojos, se levantó, los miró a los ojos y salió caminando por la puerta. Ella, se puso la campera de jean, se levantó, sonrió, los miró a los ojos y salió caminando por la puerta. Varios minutos después, sonó la campana, nadie se levantó. El aula quedó vacía y había una palabra escrita en el pizarrón, felicidad.
sábado, 4 de julio de 2020
La gruta de la eternidad
La gruta de la eternidad, la llamaban quienes vivían en el pueblo. Ellos estaban de vacaciones. Llevaban sus mochilas, bolsas de dormir y carpas. Ya venían recorriendo muchos lugares. Habían llegado a la base del Aconcagua y desde ahí subieron por la ruta 40 hasta llegar a este pueblo. Allí vivían unas 500 personas, en su mayoría viejos y viejas que habían nacido ahí. Sus hijos, hijas, nietos y nietas se habían ido a la capital de la provincia estudiar y a trabajar. Venían algún fin de semana largo y algunas vacaciones. Se habían conocido durante el viaje. Fue una de esas noches mágicas sin luna, llenas de estrellas y en donde se escuchaba el fuego de la fogata y la naturaleza. Esa noche, consiguieron tres habitaciones que les alquilaba una señora del pueblo. Al día siguiente, partieron para la gruta. Fueron caminando, era un tanto lejos, pero el clima les permitía el ejercicio, iban hablando y tomando mate. Llevaron comida y algunas cosas para poder pasar la noche. El resto de sus cosas las dejaron en la casa de la señora. Al día siguiente, guardaron su ropa, sus cacerolas, sus bolsas de dormir y sus carpas. Cada uno de ellos y cada una de ellas, volvieron por su cuenta su respectiva casa. Muchos años después la gruta fue clausurada. Quienes habían visitado la gruta, no habían querido volver. Encontrarse con uno mismo no siempre es fácil.
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