Si bien la oscuridad los agotaba, también les traía paz y les permitía experimentar con mayor profundidad sus otros sentidos. El aroma que se respiraba era suavemente dulce como en los momentos previos a una lluvia de primavera. Los sonidos del agua goteando en diferentes partes del túnel armonizaban sus oídos.
El cansancio les impedía seguir avanzando. Se sentaron, tomaron agua y descansaron un rato. Cuando retomaron fuerzas, se pararon, se agarraron bien fuerte de la mano, cerraron los ojos y empezaron a correr. Entre risas, desesperanza y tropiezos juntos llegaron hasta el final y pudieron abrir los ojos. Mientras terminaba el relato le dijo, siempre hay una luz al final, el problema es que la queremos ver antes de llegar. Levantó la mirada pero ya se había dormido. La tapó para que no tuviera frío. Le dio un beso en la frente y dejó encendida la tenue luz que se posaba sobre el cajón de juguetes.
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