Llegar hasta ahí fue agobiante. Tardaron horas en una camioneta que los sofocada. Llevaban la mitad de su equipaje. Sabían que no podían llevar más. Llegaron a la entrada de la reserva y aún faltaba una hora más de viaje por la selva. Ya no sabían de qué hablar, no podían dormir porque era muy incómoda. Al frenar la camioneta, se bajaron, le agradecieron a la chófer y se acercaron al muelle. Había mucha gente esperando. Finalmente, les tocó subirse al barco que no los llevaría aún a su destino. Los dejaría en otro puerto en medio del mar para que los pase a buscar una lancha. Las casas estaban hechas de madera y parecía que flotaban sobre el agua transparente. Dormían en hamacas paraguayas, así les decimos nosotros al menos. Era una comunidad originaria descendiente de los mayas, vivían de la pesca y el turismo. Luego de otra media hora en lancha llegaron a la isla. Los acompañaron hasta la choza en donde se hospedarían por el fin de semana. Tenían un generador eléctrico que lo apagaban a las 10 en punto, justo después de la cena. En la isla estaban ellos dos solos y la familia que se encargaba de brindarles los servicios. A la mañana los venían a buscar en la lancha y los llevavaban a recorrer las diferentes islas. Era un paraíso. Agua transparente y caliente, peces de colores por todos lados. Los llevaron a una isla hundida en donde parecía que se encontraban parados sobre el mar. Valió la pena el viaje, ¿no?, le dijo. ¿Qué viaje? Ella respondió. Hasta acá, todo el viaje que hicimos. Ella lo miró desconcertada, pero le sonrió, le dió un beso y le dijo te amo. Cerraron los ojos y se fueron a dormir.
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