Quizás el destino sea una mentira, dice una canción. Pero ellos, de casualidad, se encontraron 10 años después en ese lugar, donde se habían conocido. Él, recorria esa parte de la rambla cada vez que podía, cuando viajaba. Ella miraba desde la ventana todos los días, cuando viajaba. Muchas cosas habían cambiado, las baldosas que pisaban ya no eran las mismas, la plaza tenía una reja que la rodeaba, los negocios que ellos conocían habían cerrado y en su lugar estaban las cadenas de comidas rápidas y supermercados. También ellos habían cambiado, su color de pelo, algunas arrugas demás, su estilo para vestirse, pero su sonrisa y su mirada seguían ahí. Se quedaron mirando al mar, con ese sonido relajante que los obligaba a despegarse de la realidad. No se hablaron, quizás si, no lo sé con certeza, pero no eran necesarias las palabras. Unas lágrimas de felicidad recorrieron sus mejillas. Se tomaron de la mano y caminaron juntos nuevamente por la rambla. Quizás el destino sea una mentira, dice una canción.
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