Estábamos mirando el amanecer desde el estacionamiento. Nosotros tres y Lara. Alex estaba en el volante, yo estaba en el asiento del acompañante, Saso y Lara en el asiento de atrás. Saso salió del auto, se sacó las zapatillas y las medias y se fue caminando hasta la orilla. Era una madrugada de verano, soplaba una suave brisa como las que tiene habitualmente Mar del Plata. El mar estaba demasiado tranquilo. El cielo totalmente despejado. Todavía se podían ver las estrellas aunque desaparecían lentamente ocultas por una tenue luz naranja. Nosotros tres nos estábamos quedando en el departamento de los padres de alex en Punta Mogotes. A Lara, la conocía desde primer grado. A ella le gustaba decir que era con el primer hombre que había dormido, era verdad, claro, en primer o segundo grado eramos muy amigos y varias veces nos quedábamos a dormir juntos. Después de la primaria nos alejamos un poco porque yo cambié de colegio. Nos reencontramos ese verano, aunque no me acuerdo como. Habíamos ido a bailar a las playas del sur y, como hacíamos casi todas las noches, nos íbamos a ver el amanecer en el auto a la playa. Lara estaba ansiosa y dudaba, ¿qué hago? y ¿si se enoja? Alex me mira extrañado. Yo la miré, ella me había entendido. Se bajó del auto, se sacó las zapatillas y se fue caminando por la playa hasta la orilla. El sol ya había salido.
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